• Mira mamá que dibujo he hecho.
  • Oh hijo, que bonito. Si es que eres un artista, como tu madre.
  • ¿sí mamá, te gusta de verdad mi dibujo?
  • Claro cariño, si es que vaya hijo tengo que todo lo hace bien.
  • Papá, ¿sabes que los dinosaurios se extinguieron por un meteorito?
  • Claro que lo se hijo.
  • Ah. Y sabías que había uno muy grande que se llamaba Megalodón.
  • Ah que bien, ¿está en el libro de dinosaurios que te regalé y que no querías mirar?
  • Si si papá es ese libro, pero sabías que…?
  • Si ya sabía yo que te gustaría, es que ves como tu padre te conoce bien?

Estos ejemplos de conversación reflejan un estilo de comunicación bastante perverso que puede darse entre padres e hijos. Aparentemente son conversaciones positivas, inocuas, que no contienen insultos, ni malas formas ni ningún tipo de ofensa directa.

No obstante si rascamos ligeramente encontramos una forma de comunicación potencialmente dañina y basada en el ego de la madre o el padre que la promueve.

Y es que hay muchas formas de generar conflictos o problemas que van más allá del maltrato evidente, del daño físico o de la violencia verbal. Cuando los padres mantienen un estilo de relación con sus hijos basado en el alimento de su propio ego, estamos ante lo que podríamos llamar narcisismo parental.

Se trata de progenitores que basan su comunicación en obtener beneficios para su propia autoestima. En la relación con sus hijos mantienen un estilo egocéntrico centrado en sí mismos, tratando de dirigir los logros o bondades de sus hijos hacia su propia persona.

Dicen cosas positivas, refuerzan y halagan. Pero detrás siempre hay un trasfondo que vincula estos logros con su propia persona, y no con los hijos. “Eres maravilloso (porque eres hijo mío)”  “qué bien lo haces (porque un hijo mío no puede hacerlo mal)”.

Es sutil, sin duda. Tanto que quienes han vivido en familias de este tipo no suelen ni si quiera percibirlo. A veces crecen y notan cierta molestia ante el refuerzo positivo de sus padres. Como si no llegase realmente, como si no fueran “caricias” verdaderas. Se sienten como palabras positivas pero falsas, vacías.

También puede asociarse a inseguridad y falta de autoestima. Aunque se crezca en una familia que aparentemente alimenta el ego de los hijos, realmente este alimento no se conecta con algo verdadero. Y los hijos notan como son palabras que caen en saco roto o incluso, que suponen un compromiso para con el bienestar de sus padres. “No puedo hacerlo mal, porque les decepcionaría” “soy hijo suyo y por lo tanto no debe tener defectos”. E incluso, un sentimiento de vacío y desconexión ante la propia valía. “Se que valgo, pero no se porqué”.

Este tipo de comunicación es muy dañina, porque se aprovecha de la indefensión, inocencia y confianza ciega de los hijos. Normalmente viene del propio aprendizaje que esos padres hicieron. A quienes probablemente, en sus familias de origen también alimentaron de esta manera. Son familias de herencia narcisista que transmiten un mecanismo de defensa de la propia autoestima: nunca se hace nada mal. Son padres que a su vez han tenido padres que se defienden del error a toda costa. Que no reconocen hacer nada mal y que viven luchando por diferenciarse y mostrarse superiores. Aunque seguramente esto sea porque en el fondo, se sienten pequeñitos, indefensos y poco válidos. Y la forma de luchar contra ello es engrandecerse, es considerarse superior, especial, sin saber bien porqué, sin notar habilidades especiales o sin verdaderamente poder reconocer los propios puntos fuertes (y débiles).

Y es que una autoestima sana pasa por poder mirarse y saberse falible, y aun así quererse. Y del mismo modo, validar los aciertos y errores de los hijos para ayudarles a fortalecer un autoconcepto realista pero positivo. Además, la comunicación hacia los hijos cuando se trata de ellos debería centrarse en el otro, y no en uno mismo. Eliminar la competición constante en la que viven las madres o los padres narcisistas y permitirse no saber algo o no ser imprescindible para algo.

Porque si uno no reconoce el error, nunca puede repararlo. En el aprendizaje esto es un déficit evidente. No se avanza. Pero en las relaciones de apego, supone un daño directo. Sabemos que reconocer y reparar las rupturas es una de las cosas que fortalece los vínculos. Y es fundamental que papá o mamá lo hagan. Que un progenitor vea a su hijo, realmente, y se ponga en su lugar. Que le “mentalice”, que comprenda que es otro ser diferente que tiene necesidades diferentes. Que se beneficiará muchísimo de un “anda, que guay que tú lo hayas visto y yo no” o de un “lo siento mucho mi amor, metí la pata”.

Así que ¿Qué tal mejorar la comunicación hacia algo como esto?:

  • Mira mamá que dibujo he hecho.
  • Ala qué pasada.. ¿me cuentas qué es?
  • ¿sí pero  mamá, te gusta?
  • Claro cariño, me gustan los colores, las formas, y me encanta verte dibujar. Y a ti, ¿te gusta?
  • Papá, ¿sabes que los dinosaurios se extinguieron por un meteorito?
  • Ala, ¿sí? Cuéntame, cuéntame, qué interesante….
  • Sí, lo he leído en el libro que me regalaste y que no quería.
  • Anda, entonces el libro tenía algo interesante?
  • Sí papá, al final me gusta
  • Qué bien cariño, podremos aprender cosas nuevas sobre dinosaurios! Cuéntame eso del meteorito…..

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