Muchos padres están preocupados por el método para ayudar a sus hijos pequeños a dormir. Pero normalmente esto se asocia a una forma única de dormir: en soledad, en su propio cuarto.

Existe controversia en este tema, y no es en balde. Culturalmente tenemos muy integrada la idea de que los niños deben aprender a conciliar el sueño por si mismos y conseguir dormir la noche entera, del tirón sin despertares y sobre todo, como decía, de manera independiente, autónoma y solitaria.

Sin embargo cada vez es más frecuente encontrar a familias que practican lo que se llama “colecho” es decir, duermen junto a sus hijos en la misma habitación o cama.

Estas dos maneras de organizar la noche divide a las familias y en general, a la opinión pública y profesional.

Si atendemos a la evolución de las costumbres sobre el sueño infantil y comparamos con otras culturas, como señala la antropóloga experta en crianza, Meredith Small, “el sueño solitario parece lo opuesto a lo que la naturaleza determinó por evolución”.

Deriva de un proceso de cambio cultural en el que se empezó a considerar que el tiempo nocturno debía ser algo sagrado para los padres. Las parejas deben dormir juntas, en intimidad, y no ser interrumpidas por los hijos a los que casi, como señala esta autora, se les llega a ver como enemigos.

Seguramente esta costumbre tiene su arraigo en la cultura cristiana y sin duda, en la sexualización de la cama como un lugar asociado a la intimidad del matrimonio.  Además, si unimos esto a la tendencia a considerar a los niños como pequeñas máquinas de productividad, desde su mismo nacimiento las familias se apresuran por conseguir supuestos hitos del desarrollo asociados a su independencia y autonomía. Sin embargo en ciertos ámbitos como el sueño, la aceleración por la separación puede ser claramente contraproducente.

Como producto de esta presión cultural han surgido métodos “terapéuticos” que ayudan a los padres a enseñar a sus bebés a dormir solos desde que nacen. Son procedimientos basados en principios conductistas consistentes en la aplicación de técnicas como la extinción del llanto. Mediante esta estrategia los padres deben dejar que sus hijos lloren, sin atenderlos una vez sus “necesidades básicas” han sido cubiertas y únicamente reclaman atención a través del llanto. Este método funciona, sin duda. Porque el bebé termina por ceder y tras un periodo de extinción rigurosa, cualquier niño deja de quejarse. No obstante, ¿es verdaderamente saludable para él hacer esto?

La ciencia parece avalar ambas cosas. Por un lado, existen estudios con metodología científica que apoyan la extinción y otros procedimientos conductuales similares como una terapia basada en la evidencia para lo que se considera el insomnio infantil. El matiz a realizar es que estos estudios están basados en la patologización del llanto o la queja del niño pequeño, convirtiendo una tendencia sana y natural (llorar ante la separación) en un trastorno clínico.

Es cierto que la psicología es una ciencia en construcción. Y considerar cualquier comportamiento culturalmente no normativo como un trastorno es parte de la misma. Algo que no se integra en la visión de quien estudia se convierte en un trastorno. Y si culturalmente el niño debe dormir solo, cuando no lo hace, tiene un problema clínico.

No obstante, si nos replanteamos esto a la luz de otras áreas de investigación (antropología o neurociencia del sueño) es fácil encontrar el otro lado de la moneda. Dejar llorar a un bebé o niño muy pequeño de manera indefinida y educar a los padres para ignorar el llanto y no “ceder” supone una forma de trabajar en contra de la llamada sensibilidad parental, un constructo clave en la formación del apego infantil. Los padres que son sensibles a las señales de sus hijos y que las atienden consistentemente fomentan el desarrollo de un estilo de apego más seguro. Además el llanto inconsolable parece que puede llegar a provocar estados similares a la disociación en los bebés, ya que cuando se permite a un bebé llorar sin ser atendido éste entra en una especie de letargo fisiológico que parece relajación, pero no lo es. Se trata por el contrario  de un mecanismo de defensa usado por los mamíferos ante situaciones de alto estrés. Así, este tipo de terapias basadas en principios puramente conductuales podrían estar ignorando los efectos perjudiciales a largo plazo a nivel neurofisiológico, puesto que durante las rutinas de entrenamiento los bebés en realidad estarían altamente estresados, y este estrés no sería inocuo.

En definitiva son muchos los argumentos que apoyan ambas versiones de la forma de ayudar a nuestros hijos a dormir. Por ello me parece especialmente importante desempatar haciéndonos algunas preguntas reflexivas que nos saquen de esta duda:

  • ¿Es perjudicial a largo plazo dormir con los hijos en la misma cama?
  • ¿Ha algún beneficio psicológico en el método de la extinción si consideramos el llanto como una respuesta sana y no patológica?
  • ¿Hay algo malo, más allá de la presión cultural, en que nuestros bebés compartan habitación con nosotros durante la noche?

Y quizás la más importante:

  • Como madre o padre, ¿qué necesitas hacer cuando oyes a tu hijo llorar?  Sentir que uno debe atenderle y estar cerca es parte de lo que la evolución ha preparado para nosotros. No es patológico, no es perjudicial, sino todo lo contrario. Es un instinto básico para la supervivencia.

La mayoría de nuestras ideas sobre el sueño infantil son una construcción social y cultural en peligroso desacuerdo con las necesidades biológicas y emocionales de los bebés

 Meredith Small

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